Puede decirse que, en la actualidad, el tiempo es el nuevo oro. Las personas lo administramos como si fuera una cuenta bancaria más: reuniones que no superen los 30 minutos, podcasts de un cuarto de hora y películas que duren menos de dos horas para no quedarnos dormidos. Con una agenda tan apretada, el pádel es uno de los deportes que más encaja en ella: cabe como si fuera una cita laboral más.
Un deporte con formato “serie de Netflix”
Si el tenis es como ver El Padrino, largo, complejo y magistral, el pádel es más bien como una serie de Netflix: capítulos de 40 minutos que puedes consumir entre pendientes. Un partido dura entre 60 y 90 minutos, justo lo necesario para despejarte, competir y volver a tus actividades.
Tengo una amiga que es ejecutiva en una empresa en la Ciudad de México. Ella me contó que su día arranca con juntas virtuales, revisiones de indicadores y llamadas con clientes. En general, tiene todo su día ocupado, excepto a las 7:00 pm, que tiene un hueco. Me contó que, en vez de pasar una hora más atrapada en el tráfico, reserva una cancha con una app junto con tres compañeros de oficina. Juegan hora y media, es decir, hace deporte, convive y descarga todo el estrés del día en un abrir y cerrar de ojos. Cuando llega a casa, está lista para cenar y convivir un rato con su familia.
Pausas activas que valen por un día de gimnasio
En la cultura japonesa existe el concepto de ma (el espacio entre dos cosas). El pádel funciona igual: es ese intervalo perfecto entre el trabajo y la vida personal. Un partido rápido sustituye al gimnasio y, con la intensidad de sus intercambios, quema calorías suficientes para sentir que el tiempo invertido rindió frutos.
Algunas empresas en España y México ya lo usan como parte de su estrategia de bienestar corporativo: alquilan canchas cercanas a las oficinas y proponen torneos relámpago entre departamentos. Una especie de “hack” laboral: la reunión más productiva del día se da, muchas veces, al borde de la red.
Algo que a mí, Eduardo Tovilla, particularmente me gusta del pádel es que un partido rara vez se recuerda por el marcador. Se recuerda por momentos: ese globo que cayó justo en la esquina, esa bola imposible que rebotó en la pared y regresó para ganar el punto. Un amigo mío una vez resumió así lo que le hace sentir el pádel:
“Juego pádel porque me da la sensación de vacaciones exprés. En hora y media siento que viajé, conviví, me reí y me desahogué. Luego regreso al despacho como si nada”.
Me sentí muy identificado.
Quizá ahí está la verdadera explicación del auge del pádel. No se juega nada más porque sea divertido, social o fácil de aprender. Tal vez es porque encarna algo que obsesiona a nuestra época: hacer rendir el tiempo. Como un espresso doble, concentra en 90 minutos todo lo que necesitas: ejercicio, socialización, adrenalina y desconexión. Así que creo que, mientras sigamos midiendo nuestra vida en calendarios de Google y alertas de WhatsApp, el pádel seguirá siendo el deporte perfecto para quienes buscan intensidad sin hipotecar sus horas.
