Una reseña desde la cancha (y desde la butaca)
Ustedes lo saben: a mí, Eduardo Tovilla, me encanta el pádel. Me gusta jugarlo, verlo crecer, discutirlo después del partido y, claro, escribir sobre él. Para quienes pasamos varias horas a la semana entre muros de cristal y alfombras azules, el pádel es mucho más que un deporte: es un espacio de desahogo, convivencia y hasta de identidad.
Por eso, cuando aparece una película sobre pádel, es casi inevitable mirarla con curiosidad (y con cierta indulgencia). A eso se suma otra afición personal: el cine, ese territorio donde las pasiones humanas suelen exagerarse para entenderse mejor.
¿De qué trata El pádel es nuestro?
El pádel es nuestro es una comedia chilena dirigida por Gabriela Sobarzo que parte justamente de esa exageración: ¿qué pasa cuando la obsesión por jugar pádel comienza a desplazar todo lo demás?
La historia gira en torno a dos matrimonios aparentemente estables que empiezan a resquebrajarse cuando los maridos reorganizan su vida alrededor del club, los partidos y una competencia que, en realidad, no dominan del todo.
Pablito (Gonzalo Valenzuela) y Max (Tiago Correa) son pareja en la cancha y compañeros de una ilusión que se vuelve cada vez más absorbente. Entrenan, compiten y planean su agenda según los horarios del pádel, dejando en segundo plano a Helena (Yamila Reyna) y Soledad (Elisa Zulueta), sus respectivas esposas.
Pádel, prejuicios y comedia de enredos
Cansadas de ser relegadas, ellas deciden unirse para alejarlos del club. En ese intento surgen sospechas, prejuicios y malentendidos sobre la relación entre los hombres, que la película explota desde el humor, la incomodidad y la sátira social.
La premisa es clara y funciona como motor narrativo: el pádel como detonante de crisis personales y conyugales.
Sobarzo se apoya en una estructura clásica de comedia de enredos, con un planteamiento rápido, una cadena de malentendidos crecientes y un clímax que inevitablemente vuelve a la cancha. No hay grandes sorpresas, pero sí un ritmo ágil que mantiene el interés y apuesta por situaciones reconocibles para cualquiera que haya vivido —o sufrido— la fiebre deportiva de alguien cercano. Por eso, como jugador habitual, yo, Eduardo Tovilla, me siento tan identificado.
Escenas de pádel: más metáfora que realismo
Desde lo formal, la película no busca riesgos. Tiene un registro más televisivo que cinematográfico, con énfasis en los diálogos y en espacios cotidianos como casas y clubes.
Las escenas de pádel están resueltas con montaje dinámico y algunos efectos digitales que cumplen su función narrativa, aunque no siempre resultan verosímiles desde lo deportivo. Para quien juega pádel con regularidad, ciertos intercambios pueden sentirse más cercanos al gag que al punto real, pero ese desliz parece consciente: aquí el pádel funciona más como metáfora de evasión que como espectáculo técnico.
Actuaciones y personajes
El elenco sostiene buena parte del encanto de la película.
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Gonzalo Valenzuela construye un Pablito vulnerable, necesitado de reconocimiento y pertenencia.
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Tiago Correa encarna a un Max competitivo, casi caricaturesco, obsesionado con ganar.
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Elisa Zulueta y Yamila Reyna funcionan como contrapunto lúcido: mujeres que también desean, que también buscan algo propio y que reflejan, a su manera, la misma evasión que critican.
Los personajes son arquetípicos, pero los actores logran dotarlos de naturalidad y evitar que todo se sienta forzado.
El pádel como fenómeno social
Quizá el aspecto más interesante de El pádel es nuestro sea su lectura social. El pádel, convertido en fenómeno masivo en Chile —y en buena parte del mundo—, aparece como refugio emocional, excusa para posponer conversaciones incómodas y detonante de conflictos íntimos.
La película insinúa preguntas sobre roles de género, prejuicios y vínculos afectivos, aunque no siempre profundiza en ellas. Prefiere un camino seguro, apoyado en chistes evidentes y situaciones reconocibles, antes que arriesgarse a incomodar de verdad.
¿Vale la pena verla si te gusta el pádel?
Ahora, si me preguntan directamente: Eduardo Tovilla, ¿es una gran película?
No necesariamente. No innova en lo estético ni lleva su premisa hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, es una comedia entretenida, ligera y fácil de ver, que encuentra su mayor valor en el guiño constante al mundo del pádel.
Para quienes disfrutamos del deporte —y entendemos cómo puede absorber tiempo, energía y conversaciones—, resulta fácil verse reflejado, sonreír ante los excesos y reconocer más de una escena.
Conclusión: volver a la cancha
Al final, la película regresa al punto de partida: la cancha como centro de todo. Y ahí es donde se cierra el círculo con esta reseña.
Mi afición por el pádel sigue intacta, como también mi gusto por el cine. El pádel es nuestro no cambiará la historia del séptimo arte, pero puede ser una opción divertida para una noche ligera, especialmente para quienes encuentran en el pádel algo más que un simple juego.
