El punto estaba cerrado. Lo puedo narrar así:
Globito corto, mi rival llega forzado, la deja alta… y yo ya estaba ahí, listo para definir. Bandeja cómoda, sin riesgo. De esas que ya estás celebrando antes de pegarle. Entonces, le pego.
La pelota va perfecta, hasta que toca la cinta. Se queda ahí, suspendida un segundo que se siente eterno y cae de mi lado. Punto perdido.
Mi amigo que había asistido a ver el juego me dijo: “ni modo, así es el pádel, Eduardo Tovilla”, pero, la verdad, por dentro pensaba que no fue un mal golpe, que no tomé una mala decisión. Simplemente, lo ocurrido no había dependido de mí.
Si juegas al pádel, sabes exactamente de qué estoy hablando.
La misma historia, pero en el cine
Hay una escena en la película Match Point, de Woody Allen, que empieza justo así: una pelota de tenis golpea la red y queda suspendida en el aire. Por un instante, todo depende de hacia dónde caiga.
Ese pequeño momento, ese azar, define lo que viene después, tanto en la película como en la vida. Y también, aunque no lo pensemos tanto, en el pádel.
El punto que no depende de ti
Nos gusta creer que el pádel es un juego de control. Que si entrenas más, si mejoras tu técnica, si juegas con cabeza fría, los puntos van a caer de tu lado.
Pero la realidad es otra. Hay puntos que no ganas por talento. Ni pierdes por error. Hay puntos que simplemente pasan. La cinta, el rebote, el milímetro.
Lo que sí separa a un buen jugador
Lo interesante no es la pelota que pega en la red. Es lo que haces después, porque ahí es donde se rompe el partido. He visto jugadores perder la cabeza por un punto así. Reclamar, desconectarse, regalar los siguientes tres puntos. Y también he visto lo contrario. Jugadores que pierden ese punto y en la siguiente bola ya están otra vez metidos, concentrados, jugando como si nada.
Ahí está la diferencia. No en el golpe, en la reacción.
Jugar con lo que hay
Con el tiempo entiendes algo: el pádel no es justo. Y, bueno, tampoco tiene que serlo. Bien me lo dijo uno de mis maestros de pádel hace años: “Eduardo Tovilla, el pádel premia al que se adapta, no al que se queja”. Y aunque me costó entenderlo, después lo tuve claro. Sí, el pádel premia al que entiende que no todo depende de él, pero que siempre puede decidir cómo jugar el siguiente punto.
Así que la próxima vez que una pelota toque la cinta y el punto se decida por milímetros, acuérdate de ese instante. No es mala suerte; es parte del juego. Y como en Match Point, lo importante no es de qué lado cae la pelota: es qué haces cuando vuelve a empezar el punto.
