Hace poco vi la fotografía de un club de pádel instalado dentro de una antigua nave industrial. El techo conservaba sus vigas metálicas. Las paredes tenían ese aspecto de fábrica que ningún decorador puede reproducir completamente y, entre columnas, tuberías y estructuras de acero, aparecían varias canchas iluminadas.
Me llamó la atención la escena. No parecía que hubieran construido un lugar nuevo. Más bien, daba la impresión de que alguien había encontrado una manera diferente de mirar un edificio viejo.
Donde antes se almacenaban mercancías, ahora volaban globos. Donde probablemente circularon montacargas, cuatro personas discutían si una pelota había tocado primero el cristal o la reja. El inmueble no había desaparecido. Solo había cambiado de juego.
Mientras observaba la imagen, pensé que quizá el crecimiento del pádel no debería medirse únicamente por la cantidad de canchas nuevas. También podríamos preguntarnos cuántos espacios abandonados está ayudando a recuperar.
La cancha que no necesitó empezar desde cero
Cuando pensamos en construir un club, nos viene a la mente un terreno vacío. Después llegan las excavaciones, el concreto, las estructuras, los estacionamientos y todos los elementos necesarios para crear una instalación desde el principio. Pero en las ciudades también existen edificios que ya cuentan con buena parte de esa infraestructura.
Son antiguas fábricas, bodegas, centros logísticos, supermercados, talleres o almacenes que perdieron su actividad original. Algunos permanecen vacíos durante años. Otros se utilizan parcialmente y terminan convirtiéndose en enormes espacios cerrados sin una función clara.
El pádel ha comenzado a entrar en ellos. Tiene cierta lógica. Una nave industrial suele ofrecer algo difícil de conseguir dentro de una zona urbana: una superficie amplia, techos altos y pocas divisiones interiores.
También puede contar con accesos, estacionamiento, electricidad y conexiones de transporte construidas para una actividad anterior. Por supuesto, esto no significa que cualquier bodega pueda transformarse colocando una cancha y pintando una pared. Pero sí demuestra que un edificio que dejó de ser útil para una industria puede resultar valioso para otra experiencia.
La ciudad también acumula espacios que ya no sabe usar
Las ciudades cambian constantemente. Una zona industrial pierde actividad. Un centro comercial deja de recibir visitantes. Una empresa se muda. Un almacén queda demasiado cerca del centro para funcionar como centro logístico, pero demasiado lejos de las áreas comerciales tradicionales para atraer otro tipo de negocio.
El edificio permanece. Algunas veces se deteriora. Se convierte en una estructura cerrada que divide el barrio, acumula basura o genera una sensación de abandono. No siempre es sencillo encontrarle un nuevo uso.
Y esto es porque una oficina requiere ventanas, divisiones, instalaciones y condiciones muy diferentes. Un desarrollo habitacional puede enfrentar restricciones, costos elevados o problemas de ubicación. Un club deportivo, no obstante, puede aprovechar ciertas características existentes.
El espacio abierto deja de ser un inconveniente. La altura se convierte en una ventaja. La apariencia industrial hasta puede formar parte de la identidad visual del lugar.
Y es así cómo el edificio que parecía incómodo para otros proyectos comienza a resultar bastante adecuado para una pelota que necesita espacio para subir.
Un globo puede necesitar más arquitectura de la que pensamos
Hasta que uno entra en una cancha cubierta, podría creer que basta con tener un techo. No es así. El pádel necesita altura.
Un techo demasiado bajo modifica el juego, limita los globos y puede convertir una buena defensa en una pelota que golpea una viga. También se requiere suficiente espacio entre canchas, zonas seguras para circular, iluminación adecuada y una estructura capaz de soportar las nuevas instalaciones.
Además, una antigua nave industrial puede presentar retos que no aparecen en una fotografía:
- Columnas en lugares poco convenientes
- Pisos desnivelados
- Humedad
- Mala ventilación
- Temperaturas extremas
- Problemas acústicos
- Instalaciones eléctricas antiguas
- Falta de salidas de emergencia
- Accesos poco adecuados para peatones
- Necesidad de reforzar la estructura
Por eso, reutilizar no es lo mismo que improvisar. El edificio puede tener una segunda vida, pero primero necesita demostrar que está preparado para recibirla. Una cancha moderna dentro de una nave deteriorada puede verse espectacular en redes sociales y, al mismo tiempo, ofrecer una experiencia incómoda si no se resolvieron los aspectos básicos.
El encanto industrial funciona mejor cuando el techo no gotea.
La ventaja de jugar sin negociar con el clima
Una de las razones por las que estos espacios resultan atractivos es que son útiles para crear clubes indoor.
Para muchas ciudades, esta característica no es un lujo.
La lluvia, el viento, el frío o el calor extremo pueden reducir las horas disponibles para jugar. Incluso en lugares con clima aparentemente favorable, las temporadas de lluvia o las temperaturas elevadas afectan las reservaciones.
Una nave cubierta ofrece continuidad. La cancha puede utilizarse durante más meses y en horarios en los que jugar al aire libre sería poco recomendable. Esto ayuda al jugador, pero también al modelo de negocio.
Un club que depende menos del clima puede organizar clases, ligas y torneos con mayor certeza. De igual manera, puede aprovechar horarios que suelen perderse en instalaciones exteriores. Sin embargo, estar bajo techo no resuelve automáticamente el problema del calor.
Una nave industrial fue diseñada, en muchos casos, para almacenar productos o alojar maquinaria, no para recibir a decenas de personas haciendo ejercicio.
La ventilación, la temperatura y la calidad del aire deben formar parte de la conversión. De lo contrario, el club puede protegernos de la lluvia y convertir cada partido en una sesión involuntaria de resistencia al calor.
Del óxido al diseño
Hay algo visualmente atractivo en estos clubes. El contraste entre la arquitectura industrial y las canchas produce una identidad que difícilmente tendría una instalación construida desde cero. Las vigas, el acero, el concreto y los muros antiguos conviven con cristales, césped sintético, luces y colores intensos.
Algunos proyectos intentan ocultar por completo el pasado del edificio. Otros hacen lo contrario: lo utilizan.
Conservan ciertos materiales, recuperan elementos originales y transforman la historia del inmueble en parte de la experiencia. A mí, Eduardo Tovilla, me parece una decisión interesante.
No todo espacio antiguo necesita disfrazarse de nuevo. A veces, la mejor intervención consiste en reconocer lo que ya estaba ahí y añadir solo lo necesario para que vuelva a funcionar.
El resultado puede ser un club con personalidad propia. No una caja genérica con canchas, sino un lugar que conserva señales de aquello que fue antes.
El pádel como inquilino inesperado
También existe una explicación económica. Muchos edificios industriales o comerciales pierden atractivo para su uso original, pero siguen representando un costo para sus propietarios. Hay que mantenerlos, vigilarlos y pagar servicios o impuestos, incluso cuando permanecen vacíos.
Un club de pádel puede convertirse en un nuevo inquilino para inmuebles difíciles de colocar en el mercado tradicional.
Ahora, no estoy diciendo que cualquier conversión sea rentable. La inversión en canchas, permisos, ventilación, baños, iluminación y acondicionamiento puede ser considerable. Del mismo modo, se necesita una demanda suficiente y una ubicación que sirva para llegar con facilidad. Pero el modelo plantea una alternativa:
En lugar de demoler y volver a construir, se adapta. En lugar de extender la ciudad hacia otro terreno, se utiliza una estructura que ya forma parte de ella.
En una época en la que hablamos constantemente de economía circular, me parece interesante aplicar el concepto no solo a las pelotas o las palas.
Los edificios también pueden circular. No se reciclan dentro de una máquina, pero sí pueden cambiar de función y prolongar su vida.
¿Regeneración urbana o una cancha con estacionamiento?
Aquí conviene no exagerar. Convertir una nave en club deportivo no significa automáticamente regenerar un barrio.
La regeneración urbana requiere mucho más: empleo, movilidad, seguridad, servicios, espacio público y relaciones con la comunidad.
Un club puede contribuir, pero también puede funcionar como una isla. Puede llenar de actividad un edificio vacío y, aun así, relacionarse muy poco con las personas que viven alrededor.
La diferencia depende de cómo se diseña el proyecto. Un club puede preguntarse:
- ¿Contratará personal de la zona?
- ¿Será accesible mediante transporte público?
- ¿Ofrecerá actividades para jóvenes?
- ¿Mantendrá iluminado y cuidado el entorno?
- ¿Trabajará con comercios cercanos?
- ¿Controlará el ruido y el tránsito?
- ¿Tendrá precios o programas accesibles?
- ¿Abrirá algunos espacios a la comunidad?
Estas decisiones determinan si el proyecto solo ocupa un inmueble o realmente se integra en su entorno. Una cancha llena no necesariamente produce una calle viva, aunque sí puede ser el comienzo.
El riesgo de expulsar lo que pretendíamos recuperar
La reutilización de edificios también puede tener efectos menos positivos. Cuando una zona comienza a atraer nuevas actividades, el valor de los inmuebles puede aumentar. Llegan cafeterías, restaurantes, desarrollos y servicios dirigidos a públicos con mayor poder adquisitivo.
Eso puede mejorar un barrio, sin embargo, también puede encarecerlo. Un proyecto deportivo exitoso puede convertirse en parte de un proceso que termine desplazando a negocios pequeños o habitantes que llevaban años en la zona.
No sería justo responsabilizar a una cancha de todos los cambios urbanos, pero tampoco conviene ignorarlos. La recuperación de un edificio debería intentar sumar actividad sin borrar la comunidad que ya existía alrededor. El reto está en crear valor sin transformar cada espacio rescatado en una experiencia exclusiva.
Si el pádel ocupa una antigua nave situada dentro de un barrio popular, tendría sentido buscar alguna relación con ese barrio. De lo contrario, el edificio cambia por dentro, pero continúa cerrado hacia afuera.
Una segunda vida requiere nuevas reglas
Los permisos son otro punto fundamental. Un inmueble autorizado para almacenar mercancías no necesariamente puede comenzar a recibir jugadores al día siguiente. El cambio de uso puede exigir estudios, licencias y adecuaciones.
Las autoridades pueden revisar aspectos como:
- Seguridad estructural
- Protección civil
- Capacidad de evacuación
- Estacionamiento
- Impacto vial
- Ruido
- Iluminación
- Horarios
- Accesibilidad
- Condiciones sanitarias
Estas exigencias pueden parecer obstáculos para quien desea abrir rápido. En realidad, protegen a jugadores, trabajadores y vecinos.
Una nave industrial transformada sin planeación puede generar conflictos que terminen limitando horarios o incluso obligando a cerrar.
La velocidad con la que crece el pádel no debería trasladarse a los permisos. Construir rápido no siempre significa construir bien.
Los techos también entraron al partido
La falta de terrenos ha generado otra solución llamativa: instalar canchas en azoteas.
En ciudades densas, las cubiertas de estacionamientos, centros comerciales y edificios amplios representan superficies poco utilizadas.
Desde arriba, el pádel parece encontrar espacio donde la ciudad ya no lo tenía a nivel de calle.
La imagen es atractiva: jugar rodeado de edificios, con el horizonte urbano detrás del cristal, pero las azoteas plantean retos todavía mayores.
La estructura debe soportar el peso. El viento puede afectar el juego. Se necesitan accesos seguros, barreras, iluminación y medidas acústicas. Igualmente, debe considerarse la relación con viviendas cercanas.
La idea demuestra hasta dónde puede llegar la búsqueda de espacio. El pádel ya no solo compite por terrenos. También mira hacia arriba.
Lo que una fábrica y una cancha tienen en común
La otra vez, mientras pensaba en esta transformación, encontré una similitud curiosa.
Una fábrica y una cancha son espacios de repetición. En una se repiten procesos para producir objetos. En la otra repetimos golpes, movimientos y decisiones para mejorar. Ambas necesitan circulación, iluminación, mantenimiento y personas coordinadas.
La diferencia es que la nueva actividad no produce mercancías. Produce experiencias. Quizá por eso la conversión resulta tan simbólica.
Un edificio asociado con otra etapa económica comienza a alojar una industria distinta: la del tiempo libre, el deporte y la convivencia. Esto no conlleva que una actividad sea mejor que la otra. Más bien, es que las ciudades muestran aquello que sus habitantes necesitan en cada momento.
Antes necesitábamos almacenar más productos. Ahora también buscamos lugares para movernos, encontrarnos y jugar.
¿Todo almacén debería convertirse en un club?
No. La popularidad del pádel puede generar la impresión de que cualquier espacio vacío representa una oportunidad, pero una tendencia no garantiza demanda infinita.
Si demasiados proyectos se concentran en la misma zona, algunos clubes pueden tener dificultades para sostenerse cuando disminuya la novedad.
Además, existen edificios con valor histórico, ambiental o comunitario que podrían necesitar otros usos.
Una ciudad también requiere vivienda, escuelas, centros culturales, talleres y servicios públicos.
El pádel puede formar parte de la reutilización urbana. No debería monopolizarla.
En este sentido, la pregunta correcta no es: “¿Cabe una cancha?”; es: “¿Esta es la mejor función para el edificio y para el lugar donde se encuentra?”.

El club más sostenible puede ser el que ya estaba construido
Construir siempre consume materiales y energía.
Aunque un proyecto utilice iluminación eficiente o componentes reciclados, comienza con una huella.
Reutilizar una estructura puede conservar parte de los recursos y de la energía incorporada en el edificio existente. También puede reducir residuos de demolición y evitar ocupar un terreno nuevo.
Esto por supuesto, no debe llevarnos a pensar que toda conversión debe ser ambientalmente superior.
Si el inmueble necesita intervenciones enormes, climatización intensiva o desplazamientos largos en automóvil, la ventaja puede reducirse, pero la idea merece atención.
El club más moderno no será a fuerza el que estrene cada muro. Puede ser aquel que logró hacer funcionar nuevamente un edificio que la ciudad ya había pagado, construido y casi olvidado.

La próxima cancha quizá ya existe
La fotografía de aquella nave industrial me hizo cambiar la forma de mirar algunos edificios.
Ahora, cuando paso frente a un almacén vacío, imagino la altura del techo. Cuando veo un local comercial abandonado, pienso en sus columnas y accesos.
No porque todos deban convertirse en clubes, es porque resulta sorprendente la cantidad de espacios que consideramos inútiles solo porque dejaron de cumplir su función original.
El pádel puede enseñarnos algo fuera de la cancha. En el juego, una pelota que golpea el cristal no necesariamente termina el punto. Puede regresar y abrir otra posibilidad.
Con los edificios sucede algo parecido. Una fábrica puede cerrar. Un almacén puede vaciarse. Un centro comercial puede perder visitantes, y eso no se traduce en que su historia haya terminado.
Tal vez solo necesita otro rebote. Y, en algunos casos, ese rebote ya viene acompañado por cuatro jugadores, una red y el sonido de la pelota contra el cristal.
