Hace unos días, al terminar un partido, recogí las pelotas y las guardé nuevamente en su bote. No era la primera vez que las utilizábamos y, para ser honestos, ya no botaban igual. Todavía servían para una reta entre amigos, pero difícilmente alguien querría llevarlas a un torneo o a un encuentro especialmente competido.
Mientras cerraba el tubo, me hice una pregunta que nunca había considerado con demasiada atención: ¿qué pasa con las pelotas cuando ya nadie quiere jugar con ellas?
La respuesta inmediata parece sencilla. Se quedan en la cajuela del coche, pasan a la canasta del entrenador, terminan en algún rincón del club o, tarde o temprano, llegan a la basura. Pero una pelota no desaparece cuando deja de botar. Simplemente dejamos de verla.
Y mientras el pádel sigue creciendo, abriendo clubes y sumando jugadores, quizá también deberíamos mirar aquello que permanece fuera de la cancha después del último punto.
Una vida deportiva bastante corta
Abrir un bote de pelotas nuevas tiene algo especial.
Se escucha cómo escapa el aire, aparece el fieltro limpio y todos sabemos que el partido tendrá un ritmo distinto. Yo, Eduardo Tovilla, lo tengo claro: La pelota saldrá mejor de la pala, responderá de manera más uniforme y será menos probable que alguien culpe al material por un mal golpe.
Aunque, por supuesto, siempre encontramos alguna explicación.
El problema es que esa sensación dura poco. Desde el momento en que abrimos el bote, las pelotas comienzan a perder presión. A esto se suman los golpes, la temperatura, la humedad, la superficie y la forma en que las almacenamos.
No existe una fecha exacta en la que una pelota deje de servir. Depende del nivel de los jugadores y del uso.
Para un encuentro competitivo puede estar agotada después de pocos partidos. Para una clase de iniciación todavía puede funcionar durante semanas. En un entrenamiento con canasta puede continuar siendo útil incluso cuando su rebote ya no es uniforme.
La pelota no muere de golpe. Va descendiendo de categoría. Primero deja el torneo, luego el partido habitual, después el entrenamiento y finalmente llega a ese espacio extraño donde nadie la utiliza, pero tampoco sabe qué hacer con ella.
El problema cabe en la palma de la mano
Una sola pelota parece inofensiva. Es pequeña, ligera y ocupa poco espacio. Tirar tres no produce la impresión de estar generando un gran problema ambiental. Pero basta pensar en todos los partidos que se disputan diariamente.
Cada cancha recibe jugadores durante varias horas. Muchos grupos abren botes nuevos con frecuencia. Los torneos utilizan grandes cantidades y los entrenadores trabajan con canastas completas.
Cuando multiplicamos una acción pequeña por miles de clubes y millones de jugadores, el resultado deja de ser pequeño.
Según estimaciones de proyectos europeos dedicados a recuperar este tipo de material, cada año se desechan millones de pelotas de tenis y pádel. Muchas terminan en vertederos o son incineradas porque no pueden procesarse junto con los residuos domésticos más comunes.
Ahí entendí algo importante: el problema de las pelotas usadas está en su repetición, no en su uso.
Cada una representa muy poco. Todas juntas representan una montaña que casi nunca vemos.
¿Por qué es tan difícil reciclar una pelota?
A primera vista, una pelota parece un objeto bastante sencillo.
Sin embargo, está fabricada con materiales distintos: un núcleo de caucho, una cubierta de fieltro, adhesivos y aire o gas en su interior.
Estos componentes fueron unidos para resistir golpes y conservar determinadas características durante el juego. Precisamente por eso resulta complicado separarlos después.
No podemos colocar una pelota en cualquier contenedor y asumir que será reciclada. Su aprovechamiento requiere procesos específicos para triturarla, separar o transformar los materiales y encontrarles un nuevo uso.
Es curioso.
Diseñamos la pelota para soportar cientos de impactos, pero no necesariamente para facilitar su desaparición.
La misma resistencia que valoramos dentro de la cancha se convierte en un obstáculo fuera de ella.
Tal vez las cambiamos demasiado pronto
Mientras investigaba sobre el tema, también pensé en nuestros hábitos como jugadores.
¿Cuántas veces cambiamos las pelotas porque realmente dejaron de funcionar y cuántas porque nadie quiere llegar al partido con un bote usado?
En muchos grupos existe una especie de regla no escrita: alguien debe presentarse con pelotas nuevas. Hacerlo demuestra interés y evita una discusión antes del primer saque.
La costumbre tiene sentido. La calidad del material influye en el juego.
Pero también puede llevarnos a sustituir demasiado pronto pelotas que todavía servirían en otro contexto.
No propongo que juguemos un torneo con aquellas que llevan seis meses rodando debajo de un asiento. Más bien, creo que podemos organizar mejor su uso.
En un club o grupo de jugadores podría existir una clasificación sencilla:
- Pelotas nuevas para torneos o encuentros competitivos.
- Pelotas con cierto uso para partidos recreativos.
- Pelotas con menor presión para clases y ejercicios.
- Pelotas agotadas destinadas a recolección y reciclaje.
De esta manera, cada juego tendría una vida más larga antes de convertirse en residuo.
No parece una transformación espectacular, pero la sostenibilidad suele comenzar con decisiones poco espectaculares.
¿Se pueden recuperar?
Una alternativa que ha ganado interés es el uso de presurizadores.
Se trata de recipientes diseñados para conservar o recuperar parcialmente la presión de las pelotas entre un partido y otro.
No hacen milagros.
El caucho se desgasta, el fieltro se deteriora y ninguna pelota puede utilizarse de forma indefinida. Sin embargo, un almacenamiento adecuado puede prolongar su rendimiento y reducir la frecuencia con la que abrimos un bote nuevo.
Esto me parece interesante porque modifica la lógica habitual.
Normalmente esperamos a que algo se deteriore y lo sustituimos. El presurizador propone cuidar el producto desde el momento en que terminamos de jugar.
También conviene evitar guardar las pelotas en lugares sometidos a temperaturas extremas. Dejarlas durante días dentro de un automóvil bajo el sol no ayuda a conservar sus características.
Son detalles pequeños, pero pueden añadir partidos a su vida útil.
Y cada partido adicional representa tres pelotas que todavía no necesitan ser reemplazadas.

El club podría ser parte de la solución
Como jugadores, podemos reutilizar y conservar mejor el material. Pero resulta difícil resolver individualmente qué hacer con las pelotas cuando ya agotaron todas sus posibilidades.
Aquí los clubes pueden desempeñar un papel importante.
Son el punto donde las pelotas se abren, circulan y terminan buena parte de su vida deportiva. También concentran a suficientes jugadores como para reunir cantidades que hagan viable su recolección.
Un club podría instalar dos contenedores claramente identificados:
- Uno para pelotas que aún pueden utilizarse en clases o entrenamientos.
- Otro para aquellas que deben enviarse a reciclaje.
También podría llevar un registro de cuántas recibe, establecer acuerdos con proyectos especializados y compartir periódicamente qué ocurrió con el material.
Este último punto me parece indispensable.
Colocar un contenedor verde no basta.
Necesitamos saber quién recoge las pelotas, dónde se procesan y en qué se convierten. De lo contrario, corremos el riesgo de transformar la sostenibilidad en un elemento decorativo para las fotografías del club.
Una acción ambiental seria debe poder explicar su recorrido.
Darles una segunda vida antes de reciclarlas
No todas las pelotas usadas necesitan pasar directamente por una planta de reciclaje.
Algunas pueden reutilizarse en actividades distintas.
Las que todavía conservan cierta respuesta sirven para clases infantiles, ejercicios de coordinación o entrenamientos con canasta. También pueden donarse a escuelas, proyectos comunitarios o personas que apenas comienzan y todavía no necesitan material de competencia.
Otras tienen aplicaciones fuera de la cancha.
Hay quienes las utilizan como protectores para patas de muebles, juguetes para mascotas o materiales en actividades educativas y manualidades.
Por supuesto, reutilizar no significa acumular pelotas eternamente en una bodega.
La segunda vida también terminará algún día.
Pero cada uso adicional aprovecha mejor los materiales y la energía que fueron necesarios para producirlas.
La mejor pelota reciclada sigue siendo aquella que pudo utilizarse durante más tiempo antes de necesitar reciclaje.
La economía circular también puede jugar pádel
Durante muchos años hemos seguido una lógica bastante lineal: fabricamos un objeto, lo compramos, lo utilizamos y lo desechamos.
La economía circular propone algo distinto.
Busca mantener los productos y materiales en uso durante más tiempo, reparar lo que sea posible y recuperar componentes cuando el objeto ya no cumple su función original.
Aplicado a las pelotas de pádel, esto plantea preguntas interesantes:
¿Podrían fabricarse con materiales más fáciles de separar?
¿Los fabricantes podrían recibir las pelotas usadas?
¿Podría incluirse un pequeño depósito que se recuperara al devolverlas?
¿Sería posible producir nuevos artículos con el caucho y el fieltro?
Algunos proyectos ya trabajan en respuestas.
Existen iniciativas que recogen pelotas de tenis y pádel para triturarlas y transformar sus materiales en pisos deportivos, productos de caucho, aislamiento y otros objetos.
También se desarrollan pelotas que incorporan caucho recuperado.
No todas estas soluciones se encuentran disponibles en cualquier ciudad y todavía existen retos de costo, transporte y procesamiento. Pero muestran que el último destino no tiene que ser necesariamente la basura.
La pala que guardamos “por si acaso”
Después de pensar en las pelotas, inevitablemente miré otros objetos que utilizamos al jugar.
¿Cuántas palas antiguas tenemos guardadas?
Algunas están rotas. Otras simplemente fueron reemplazadas por un modelo más nuevo, aunque todavía podrían servir a una persona que comienza.
Las palas también son difíciles de reciclar porque combinan fibras, resinas, espumas, pinturas y otros materiales.
Antes de desecharlas, podemos buscar alternativas:
- Donarlas a escuelas o proyectos comunitarios.
- Utilizarlas como material de préstamo.
- Reservarlas para clases de iniciación.
- Entregarlas a programas de recuperación.
- Repararlas cuando el daño lo permita.
En ocasiones, la decisión más sostenible no es comprar el producto que se presenta como ecológico.
Es seguir utilizando el que ya tenemos.
Lo digo como alguien que entiende perfectamente la tentación de estrenar una pala, convencido de que ahora sí desaparecerán todos los errores del revés.
La experiencia suele demostrar que la pala nueva llega, pero los errores permanecen.
Cuando “verde” es solo un color del empaque
El crecimiento del interés ambiental también ha generado una gran cantidad de mensajes comerciales.
Encontramos productos “eco”, “responsables”, “circulares” o “sostenibles”. El problema es que esas palabras no siempre explican algo concreto.
Para saber si existe un esfuerzo real, conviene buscar información verificable:
- ¿Qué porcentaje del producto utiliza material reciclado?
- ¿Puede recuperarse después de su uso?
- ¿Existe un sistema de recolección?
- ¿Dónde se procesa?
- ¿Cuánto dura?
- ¿La empresa publica resultados?
- ¿El empaque también fue reducido o rediseñado?
Una hoja verde impresa sobre el bote no transforma por sí sola el producto.
La sostenibilidad necesita datos, trazabilidad y cambios reales.
También necesita consumidores dispuestos a hacer preguntas.
Un partido con menos residuos
No creo que debamos llegar a la cancha sintiendo culpa por cada bote que abrimos. El objetivo del pádel sigue siendo jugar, competir, convivir y pasarla bien. No obstante, sí podemos incorporar algunos hábitos:
No abrir pelotas nuevas cuando no sea necesario
Para un calentamiento o una práctica, un juego usado puede funcionar perfectamente.
Guardarlas mejor
Un presurizador y un lugar con temperatura adecuada pueden prolongar su vida.
Separarlas según su estado
No mezclar pelotas útiles con aquellas que ya deben reciclarse.
Preguntar al club por su sistema de recolección
Y, si no existe, sugerirlo.
Compartir o donar equipo
Especialmente cuando todavía funciona y solo fue sustituido por uno nuevo.
Elegir productos duraderos
La vida útil también debe formar parte de la decisión de compra.
Son acciones sencillas.
Quizá ninguna produzca una fotografía espectacular para redes sociales, pero juntas pueden reducir la cantidad de material que desechamos.

El pádel sabe construir; ahora debe aprender a recoger
El crecimiento del pádel ha sido impresionante. En pocos años hemos visto nuevas canchas, clubes, circuitos, academias y comunidades. El deporte ha demostrado una enorme capacidad para atraer personas e inversiones.
La siguiente etapa debería incluir otra capacidad: hacerse responsable de aquello que deja detrás.
No basta con construir más. Necesitamos recoger mejor.
Esto incluye las pelotas, las palas, el césped sintético, los empaques y la energía utilizada para mantener las instalaciones.
Por supuesto, esto no quiere decir que hay que detener el desarrollo del deporte. Quiere decir que debemos hacerlo más consciente.
El punto termina, pero la pelota permanece
Desde aquel partido, he prestado más atención a las pelotas que quedan sobre las bancas y dentro de las canastas.
Cada una tuvo una vida activa. Fue parte de un remate, de una defensa improbable, de una discusión sobre si había tocado primero el cristal o la reja. Después perdió presión y dejó de ocupar nuestra atención. Sin embargo, continúa ahí.
El reciclaje de pelotas de pádel no resolverá por sí solo todos los desafíos ambientales del deporte. Pero puede ser un buen punto de partida porque nos obliga a mirar algo que utilizamos constantemente y desechamos casi sin pensarlo.
Y es que quizá la sostenibilidad comience justamente así, con una pregunta al cerrar el bote: ¿Esta pelota realmente terminó su partido o todavía podemos encontrarle otra jugada?
